Me conmueven los jueces y ministerios públicos mexicanos. Pobrecitos ellos. Ha de ser insufrible contar con tan escasos medios, operar dentro de un sistema turbio y disfuncional, ganar una miseria con la tentación constante del soborno, tratar ad nauseam con la escoria de la sociedad, padecer el sufrimiento ajeno y al mismo tiempo ser tan despreciados por la misma sociedad a la que se pretende servir.
Nadie confía en ellos. Imagino la verguenza que sus madres han de sentir al explicarles a sus amigas lo que hacen sus hijos. Inclusive, debe haber alguno que otro criminal muerto de la risa al confirmar que ningún político ni comunicador mexicano se atreve a respaldar la pena de muerte, principalmente por no dejarles semejante encarguito a nuestros señores magistrados.
Me apenan mucho porque la culpa de que secuestradores hagan su agosto todo el año no es de ellos. Es de nosotros, que permitimos que las reglas del juego estén tan torcidas y sean tan opacas que sea imposible encargárselas a nadie. La forma en que se lleva un juicio no solo regresa a la calle a un porcentaje enorme de criminales, sino que vulnera al juez por el enorme papel que le confiere, sin contrapesos. Hoy, el sistema de justicia mexicano es una caja negra (algunos dirán caja registradora), en donde sólo la opinión de una persona es la que cuenta al final.
Todo esto sale a colación porque mientras miraba el excelente programa Tercer Grado del miércoles pasado, tuve una revelación. Esuchaba a López Dóriga responder si apoyaba la pena capital en casos de secuestro con el ya muy llevado y traído “¿vamos a aplicar la pena de muerte con los encargados que hay en México de procuración e impartición de justicia? No resuelve nada”, cuando entendí el engaño.
Claro que es posible confiar en el sistema de justicia mexicano. Vaya, inclusive hasta confiarle a los juzgados la sentencia de la pena capital.
La obvísima solución es la ciudadanización del proceso. Contar con un jurado, pues. ¿Es tan difícil entender que la determinación de culpabilidad no debe recaer en una sola persona corrompible y conocida?. ¡Cuanto mejor sería que pasara a manos de ciudadanos como usted y yo, cuyo perfil garantice imparcialidad! Sería un gran privilegio para todos el estar obligados a cumplir con lo que en Estados Unidos se conoce como “jury duty”, y que es simplemente actuar en representación de la sociedad misma.
Es preferible confiar el juicio a doce ciudadanos escogidos al azar, que estén obligados a dar un veredicto unánime para poder condenar a un procesado, que esperar a que la Virgen morena baje del Cerro del Tepeyac para iluminar a nuestros jueces. Porque éso - un milagro - es lo único que se me ocurre podríamos estar esperando los mexicanos para salvarnos del monstruo judicial que hemos alimentado con tanta negligencia.
¿Qué el juicio oral es un modelo usado por los vecinos del norte? Bien por ellos. ¿Qué modificar el sistema de impartición de justicia sería costoso, difícil? La verdad, sería diametralmente más barato que seguir viviendo bajo el actual, que está podrido y en el que nadie puede confíar.
Ah, y sobre el otro tema espinoso. ¿Se justifica la pena de muerte, aunque esté vigente de manera temporal, para aplacar la grotezca violencia que tortura hoy al país? Cada quién tendrá su opinión.
Yo tengo la mía. Con un sistema confiable, todo es posible.
A grandes males, grandes remedios.


