¿Por qué el título, quiénes han abandonado a México, es un país vacío?

Cabe resaltar que la novela no hace alusión directa a nuestro país, aunque es entendible que se identifique rápidamente. Sin embargo, me parece que lo que describe se sufre cotidianamente en toda América Latina.


El país abandonado se enmarca por la patética indiferencia de la mayoría de su población, que se abandona a políticos corruptos, grupos criminales, su propia mala fe. Aunque no abunda en el tema, también es el punto de partida de la dolorosa migración de millones de buenos hombres y mujeres, laboriosos y arriesgados, hacia otros países. El país abandonado es aquél que abandona a sus artistas, a sus mejores costumbres, a sus viejos, a sus instituciones y tradiciones. Es el que deja atrás la dignidad y se permite vacilar entre la apatía y la histeria, que igual lastiman.


La ironía es inevitable cuando se entiende que al abandonar al país de esa forma, su población también se abandona a su propia suerte. ¿Cómo permanecer en un país así? Abandonar lo abandonado es ya una realidad para demasiados. Habría que exigir lo propio – pero no hay más a quién reclamar que a nosotros mismos.


Por boca de Eduardo se percibe mucha inconformidad, malestar e impotencia hacia la situación que atraviesa esa especie de México que describe en las páginas de su novela, ¿siente usted lo mismo?

La historia se desenvuelve conforme Eduardo -el personaje principal- padece, afronta y eventualmente resuelve el sentimiento de impotencia y miedo. La tensión de la novela se mantiene por ello, aunado a las tramas entrelazadas de Guillermo y Oscar, que aunque con perfiles distintos tienen grandes retos comunes frente a ellos.


Es una obra de ficción, y no puedo decir que siento lo mismo porque no he vivido ninguna de las experiencias descritas. Sin embargo, considero que toda novela refleja en buena medida el ánimo y carácter del autor. Así que no escondo la mano, ni creo poder hacerlo aún si lo pretendiera.


También pienso que cada quien interpreta a su modo lo que lee, pues no puede evitar el reflejo de su propia experiencia. Ha sido muy grato recibir correos de lectores describiendo su sorpresa al entenderse entre las líneas de la novela; contándome situaciones similares y la manera en que las han resuelto. Si lo leído le resulta creíble es porque también hay una identificación personalísima con lo escrito.


El retrato del país que queda plasmado es doloroso, ¿de qué elementos está construido el México actual?

En el sitio de Internet de la novela he seguido algunos temas que se refieren concretamente a nuestro México. Lo encuentra bajo la sección “La Mancera”, que recordará es el nombre del lugar en donde se reúnen Eduardo, Guillermo y Oscar al iniciar la novela. Es también el nombre de la cantina en la calle de Venustiano Carranza en donde pasé buen rato de mi infancia viendo a mi padre jugar dominó entre amigos, mirando como entre el día laboral se abría un momento para sincerarse y divertirse por un rato. Por cierto, creo que Toñito sigue atendiendo ahí, después de tantos años.


En ese espacio escribo sobre la añoranza idiota y nuestra propensidad en abandonarnos en aplaudir las ocurrencias de nuestros mareados líderes, que no reparan en lo que dicen y hacen como figuras públicas. Sobre cómo abandonamos a nuestros políticos a sus propios medios y de paso nos abandonamos a sus propios intereses. Recuerdo ahí sobre nuestra sorprendente y escasa memoria, y el abandono de las lecciones del pasado. Toco también el abandono que padecen tantísimos mexicanos en cárceles mal administradas, hogares mal vividos, trabajos mal pagados.


Sin duda México no es un enjambre zumbando de dolor. ¡Muy por el contrario! Somos un país que conoce la alegría, la generosidad, la tranquilidad. Si nos tomamos el tiempo para mirar al mundo que nos rodea, debemos considerarnos afortunados. Pero éstos no son los únicos elementos que construyen al México actual. También tenemos una parte siniestra; un lado cobarde que prefiere desatender la realidad esperando, iluso, que las cosas se resuelvan sin mayor esfuerzo. Eso es lo que causa dolor, y lo que merece nuestra atención y mejores intenciones.


Al principio de la novela, Eduardo se mira en el espejo y lo que ve no es precisamente algo que lo deje satisfecho, ¿qué ve México al ponerse frente al espejo?

Recordará que Eduardo se mira en un espejo sucio y opaco. Lo que se refleja es una mueca artificial; una desfiguración de la realidad que bien podría hacer alusión a lo que percibimos los mexicanos sobre nosotros mismos hoy día.


¿Nos hemos acostumbrado a la pobreza?

Mi padre decía que hay gente tan pobre que lo único que tiene es dinero. Hay muchos tipos de pobreza, y sin duda la económica es difícil. A mi me parece que nos estamos acostumbrado a la peor de ellas – a la pobreza de carácter, que puede ser el origen de las demás.


¿Estamos inmersos en una ansiedad colectiva? ¿Qué consecuencias tiene esto?

He tenido oportunidad de residir fuera de México y convivir en otras sociedades, con tiempo para observar nuestras formas a distancia. Me parece que muchos mexicanos vivimos con ansiedad reprimida. El miedo paraliza y distorsiona; magnifica los males y adormece la mente.


El apático es alguien que tiene miedo a ser y hacer; su desprendimiento aparenta pasividad pero nutre el origen de sus fobias, por lo que es difícil escapar. Por fortuna es sólo difícil, no imposible.


¿Es cierto que este periodo de joven democracia que vive México es tan pueril como un amor de pubertad?

Bueno, eso quisiera que pensáramos aquel que añora las viejas formas políticas; pero para ello hay desconocer de lo que realmente representaban.


La trivialidad con la que algunos políticos parecen a veces abordar los temas más delicados sólo obvia sus propias limitaciones. No habla mal de la democracia, sino de nuestra incapacidad como sociedad por generar líderes responsables. Lo que vivimos habla mal de nosotros, porque nos conformamos con lo poco que los electos ofrecen, y nos abandonamos a sus desmanes como si fuera situación irremediable.


Pareciera que para entrar en política hay que tener falta de escrúpulos o de vocación. ¿Será prerrequisito? Supongo que es una forma de ver las cosas. ¡Que tanto mejor nos iría si cambiáramos esa manera de pensar, y consideráramos un honor el servir a la sociedad! Somos una especie perfectible y débil, pero también sabemos como enaltecer nuestro nombre cuando nos lo proponemos. Yo espero seguir vivo el día que como sociedad comprendamos el valor real de la democracia y el papel que a cada uno nos corresponde para merecerla.


Me parece que podría haber cierta identificación entre usted y Eduardo, el personaje central de su novela, ¿es así, en qué coincide con él, en qué no?

Coincido con Eduardo en el amor que siento por mi mujer y el deseo por darles buenas opciones a mis hijos. Pero creo que en los sentimientos hacia la familia coincido con millones de padres de familia. Por suerte no he tenido que pasar las situaciones que hacen de la historia de Eduardo una digna de leerse. Lo único que podría pedir es la entereza con la que enfrenta la vida y la inteligencia con la que resuelve los problemas.


Durante su juventud impulsó distintas actividades civiles y de organización social, ¿podría contarnos sobre ello, qué lo motivaba, qué objetivo perseguía?

Bueno, confieso que desde que tengo memoria he sido incapaz de entender porque un “servidor público” no comprende el significado y la relevancia del cargo. Darme cuenta de los abusos de confianza y pobrísimo desempeño por parte de muchos de ellos me sigue causando asco y rabia.


Me declaro en permanentemente inconformidad ante la torpe y muchas veces infame manera en que se manejan muchos en nuestro país; e incapaz de creer que no se puede remediar. Así que junto con un pequeño grupo de jóvenes, fundé una organización a principios de los años noventa – durante mis años universitarios – para entender mejor a nuestro país, invitar a jóvenes a involucrarse en proyectos sociales sin dogmas políticos ni filiaciones religiosas, y ser parte del cambio que necesitaba, y todavía necesita, México. Lo llamamos Grupo Desarrollo Joven.


Aquel grupo primero reunió a líderes académicos, políticos, empresariales e intelectuales, en un ejercicio de reflexión sobre la situación de nuestro país. En los cinco años siguientes creció para integrar a más de dos mil jóvenes de la mayoría de los estados de la república en decenas proyectos sociales de toda índole. Ejemplos abundan: reemplazo de defensores de oficio para procesados con escasos recursos; observación electoral acreditada ante el IFE; delegaciones de jóvenes a otros países; becas académicas en convenio con CONACYT; segmentos en programas de radio; apoyo a microempresa; esfuerzos de acercamiento con comunidades mexico-norteamericanas; esfuerzos de concientización en temas ecológicos, culturales y de salud; programas de debates; proyectos agropecuarios pequeños. Unos más exitosos que otros; todos con medios escasos, pequeña escala y  el común denominador de buscar y tomar responsabilidad de soluciones a temas sociales.


Fueron momentos intensos que sospecho dejaron una huella importante en muchos colegas, sin duda incluyéndome.


¿Ha alcanzado alguno de esos objetivos?

Nunca se plantearon objetivos personales, aunque he tratado de ser congruente con los principios que decidimos imponernos y que se pueden resumir en amor a México, búsqueda permanente por mejorar y la obligación de integrar a los menos afortunados a los beneficios que conlleva ser ciudadano mexicano.


La generación a la que pertenece —y las que le siguen— no conocen otro tiempo que el de la crisis, ¿México es un país de descreídos, de pesimistas?

Si lo somos será a fuerza de repetirnos esa lamentable mantra. Pero no estamos predestinados al abandono; podemos sacudirnos el acondicionamiento de lo que pareciera ser un abominable destino xmanifiesto. Podemos no lamer la yunta y dejar de ser bueyes, pues.


¿Es demasiado pedir hacer lo que se dice, y decir lo que se piensa? Imposible creerlo. Nadie está negado a la acción congruente, a la honestidad o a la reflexión. Es ilusorio pedir ángeles, pero ya estamos hartos de tanto demonio.


¿Qué es para usted la felicidad? ¿Está de acuerdo con que hay que buscarla a gotas?

La felicidad es actuar en armonía con lo que consideramos lo mejor de cada quien. Nos obliga a ignorar el grito al oído para escuchar con serenidad; es el origen de la salud y el antídoto más eficaz contra el miedo.


Es un también un derecho de todo ser humano con dignidad. Y más que buscarla, hay que permitírsela a uno mismo y procurársela a los demás.




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Una primera novela contundente, dolorosa y sumamente real. ¿Qué hay en los orígenes de El país abandonado?

Detrás de la novela hay una honesta y profunda indignación ante la paupérrima respuesta que hemos dado a los problemas que padecemos como sociedad. Es también un ejercicio muy íntimo para pasar revista a los obstáculos que enfrentamos diariamente tanto en el ámbito profesional, como el empresarial y de servicio público.


La intención de El país abandonado es tocar temas serios en una narrativa ligera y divertida que invite a la reflexión y, en el mejor de los casos, a la acción. La redacté para aclarar la mente en tiempos difíciles, siempre pensando en mi familia.


La novela busca desenmascarar el miedo que sentimos, todos, al salir a la calle. Sintetiza la razón por la cual vale la pena enfrentarlo y vencer; es un llamado a permanecer en un país que pareciera estar – paradójicamente – en constante proceso de abandono.

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